Espacio Crítico otoño 08

ejercicios de alumnos del Laboratorio de Periodismo UIA

Vivencias del exilio en México (la historia de Manuel Orozco) Agosto 6, 2008

Era de noche -pasadas las nueve- y dentro de la casa de Manolo no había ningún ruido excepto el chisporroteo del fuego en el hogar. Se escucharon pasos que provenían del exterior de la casa, seguidos por un rápido forcejeo con la cerradura. Finalmente, la puerta se abrió inundando la estancia con el aroma fresco de la noche y tan pronto quien la abrió cruzó el umbral y tan rápidamente como se había abierto, la puerta se cerró.

“Manolo –susurró la silueta con voz de varón que acababa de entrar por la puerta- Manolo, acaba de llegar la orden.” Manolo, defensor de la república, estaba siendo perseguido por el gobierno Franquista por estar en contra del régimen y una orden de muerte había sido expedida en su nombre. La voz de Manolo se dejó escuchar por detrás del respaldo alto del sillón que descansaba apacible junto al fuego. “Tengo que despedirme de mis hermanas”. –“Pero no deben tardar en llegar, Manolo…”

Manolo subió las escaleras y tocó dos veces en la puerta de su hermana, Carmen. Casi de inmediato Carmen abrió la puerta, ella conocía la situación de Manolo y temía que este día llegara. No necesitó decir nada, simplemente miró a Carmen a los ojos y la abrazó. Ella lloró en su hombro, le dijo que lo iba a extrañar y puso en su mano el rosario que ella utilizaba cada día para orar y pedir por su familia.

No tuvo que tocar la puerta de su hermana Elena, ella ya se encontraba en el umbral de su habitación. Elena caminó directamente hacia él y lo abrazó. Sus brazos entrecruzados, diciendo todas las cosas sin decir nada se fundieron en un abrazo fraternal que duraría hasta el final de sus vidas.

- “Las amo con toda mi vida” dijo Manolo. “Me voy para Rusia, os mando noticias mías en cuanto pueda. No os preocupéis, este año cae Franco”. – “¡Manolo, ya vienen!” La voz que venía de la parte de abajo rompió el encanto que había detenido el tiempo para los tres hermanos. Manolo bajó las escaleras con el rosario aun en la mano, tomó su mochila y salió por la puerta trasera.

Tan sólo dos minutos después, los soldados entraron a puños por la puerta del frente de la casa gritando y amenazando, con las bayonetas apuntadas y exigiendo que Manolo se presentara frente a ellos, pero su sombra ya había sido tragada por la noche.

Mientras Manolo avanzaba entre los árboles a la pálida luz de las estrellas sin mirar nunca haca atrás, pensaba en su familia, en todo lo que dejaba atrás y en las mentiras que había dicho a sus hermanas. Él no podría tener contacto con ellas sin arriesgarse a exponerse a sí mismo e incluso la vida de ellas. Al cruzar sobre el río que marcaba el final del pueblo, robó una mirada furtiva sobre su hombro para despedirse de su pueblo y de su patria que tal vez nunca volvería a ver.

Aunque había ya pasado mucho tiempo, Carmen y Elena tenían de pronto la fugaz sensación de que Manolo iba a entrar por la puerta. La última noticia que habían tenido de él, había sido una segunda orden de muerte que se expidió hacia él dos meses después de haber salido de casa, antes de dejar del país.

Vinieron nuevos años y nuevas amenazas, nuevos soldados, nuevos peligros y gracias a ellos, las hermanas tomaron la decisión de huir de su patria, para dejar de vivir con miedo y angustia.

Un día antes de dejar la casa que las había visto crecer, Carmen tomó el periódico como todos los días y comenzó a leer. La tenía preocupada la situación política que se había estado generando en Cuba por ser uno de los países que tenían que tocar para llegar a su destino final: México.

Las noticias que se leían en los periódicos no eran muchas, pero en una de las notas pequeñas del final del periódico, se leía algo que elevó el espíritu de ambas más allá de lo que nunca habían sentido:
“El general Fidel Castro y Ernesto ‘Che’ Guevara, se han lanzado a conquistar la revolución cubana respaldados por un grupo de expertos militares y economistas, uno de ellos es el licenciado Manuel Orozco, egresado de la universidad de Rusia y que promete llevar al país a una estabilidad económica sostenida por las premisas Marxistas…”

Habiendo leído esto y con el corazón en alto, Carmen y Elena tomaron sus maletas y salieron de su casa sin más que lo que podían cargar, con rumbo a Francia, desde donde saldrían a Cuba, camino de México.

 

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